29 jul 2012

Y es ese sol de medio día el que me amarga la existencia, que en su cúspide se encarga de teñir el paisaje con ese color tan propio y decadente, ¿o será que es el aroma de la humedad reinante, lo que me saca de quicio? Quien sabe, a quien le importa.
En mi corta edad ya cargo sobre mis hombros la pesada carga de un pasado lastimero, que se encarga en días como hoy de hacer trizas a mis sienes. Que agonía la mía, que calvario dejan los suspiros inconclusos, esos suspiros a medias que dejan más quebranto adentro que aire afuera.
Cuanto detesto el silencio de ultratumba que sucumbe ante los gritos de mi conciencia, silencio que da paso al miedo, miedo que nace a partir del recuerdo añejo de esos relatos sobre criaturas extrañas que reinaban cuando los adultos dormían su siesta.
Odio con un gusto siniestro las tardes como esta, que guardan un poco de pasado presente y futuro, que te inducen al sueño que la infancia y te seducen con los temores del mañana, estas tardes con sentimientos mezclados, estas tardes con ilusiones rotas, estas tardes que comienzan y terminan.
Y tal vez no sean ni el sol, ni los colores, ni el tiempo. Quizá soy yo con mis ideas absurdas y extremistas que crean el martirio masoquista. Pero de que he de lidiar con estos pesares por el resto de mi vida, he de lidiar con ellos, sentenciada a sufrir cada una de las tormentosas tardes de domingo.

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